EL DEPORTE COMO DISCIPLINA

El deporte, sea cual sea, como parte integrante de la vida de un individuo aporta numerosos aspectos positivos para el desarrollo de la persona, tanto a nivel humano, como nivel físico, deportivo e intelectual, a su vez, establece unas metas las cuales lo priorizan ante otros estímulos que presenta la vida y su propio crecimiento, apartando a los niños y posteriores jóvenes de otros caminos menos interesantes de explorar.

Pero el deporte, garante de multitud de aspectos positivos para la persona, para el niño en su crecimiento, no es gratuito y tiene un coste asociado a su práctica (no me refiero a un coste económico, que también).

La práctica de cualquier deporte exige esfuerzo, trabajo, entrega, voluntad, motivación… todo ello se puede resumir en un único término, disciplina.

El deporte, bien sea competitivo o no competitivo, individual o colectivo precisa que todo aquel que lo practique se someta a una disciplina y, en virtud del cumplimiento de esta disciplina, los logros que se puedan obtener serán unos u otros.

Esta disciplina viene condicionada desde el propio inicio de la práctica deportiva, con el entrenamiento; no hay práctica deportiva sin el acompañamiento de un entrenamiento y éste viene a condicionar la presencia del deportista en un lugar concreto, durante un tiempo concreto, práctica que se repetirá durante toda la temporada y durante toda la vida deportiva de la persona.

De igual manera, la consecución de los diferentes encuentros, competiciones, torneos, trofeos… supondrá la necesidad que el deportista ceda, al igual que en los entrenamientos, parte de su tiempo para la competición; un tiempo que, además, deberá ser de calidad, en la que el deportista deberá estar concentrado y preparado para el juego concreto al que se vaya a enfrentar.

Es parte indisoluble de la práctica deportiva el acatar las normas propias del club donde se juega, el que marcará las condiciones de pertenencia, mediante la aceptación de una determinada indumentaria para presentarse a entrenamientos y partidos, asistencia a entrenamientos, horas de concentración, normas de conducta.

A su vez, el propio juego establece las normas a seguir, personadas en el juez o árbitro.

El juez o árbitro debe ser tomado como el responsable que la competición se desarrolle en los términos y bajo las normas que marca el juego y es la figura que marca los límites.

El deportista deberá entender el criterio de imparcialidad del juez y respetarlo, incluso deberá entender su naturaleza humana y la posibilidad cierta que se equivoque, errores que nos podrán favorecer o perjudicar, pero que deberán ser admitidos como parte de la discrecionalidad de aquel que tiene la potestad para toma la decisión que considere oportuna.

En el ámbito de los deportes de equipo, el deportista deberá acatar una táctica especifica de juego, sin entrar a valorar si es más acertada o menos, toda vez que esa decisión compete a otro responsable del equipo, como es el entrenador.

El entrenador, observando las normas del juego, las variables y las posibilidades deberá tomar en consideración aquellas decisiones que considere adecuadas para el bien común del equipo y estas decisiones no siempre coincidirán con los intereses individuales de cada uno de los deportistas que componen el equipo, incluso podrán responder a criterios diferentes, incluso podrán ser equivocadas, pero el derecho y la obligación que emana de estas decisiones pertenece en exclusividad al entrenador o al cuerpo técnico.

Todos estos factores establecen unas reglas de obligado cumplimiento por parte del participante, más aún en un menor, van a marcar el desarrollo de la idea de trabajo en equipo, respeto a los compañeros, respeto a los rivales y respeto al juez.

El menor deberá  crecer sabiendo que vive en un entorno social, con unas reglas pautadas y que la base fundamental de la convivencia pasa por el respecto a las normas y al resto de integrantes del complejo social del que forma parte como deportista y como persona.

TEXTO: MASQUEUNO

FOTO: MAR SORIA